
Equinoterapia en ARAI: una terapia que se adapta a cada persona y fortalece vínculos
Paola RubboEn el Centro ARAI, ubicado en el Hipódromo San Félix de Paysandú, la equinoterapia no es una actividad estructurada de forma rígida, sino una experiencia personalizada. Cada sesión se adapta al estado emocional, físico y cognitivo del participante, y el caballo se convierte en un mediador terapéutico clave en este proceso.
Antonela Álvarez, instructora en equinoterapia del centro, explicó cómo funciona este abordaje que tiene como objetivo principal mejorar la calidad de vida de personas con distintas patologías. Su formación fue en el Centro N°1 de Montevideo, perteneciente a la red nacional de equinoterapia Cenafre, lo que respalda la calidad técnica del trabajo que realiza en ARAI.
“Cada chiquilín es diferente. Los objetivos y actividades dependen de la necesidad de cada uno y del nivel en el que se encuentre”, explicó Álvarez. La metodología utilizada en el centro se basa en tres niveles de intervención:
🔹 Nivel 1 - Hipoterapia: Es el nivel más físico, orientado principalmente a trabajar la movilidad, el equilibrio y la postura. Está destinado a personas con discapacidades motrices o neurológicas severas.
🔹 Nivel 2 - Educación y reeducación: Aquí el enfoque es más sensorial y cognitivo. Se trabajan aspectos como la atención, la coordinación, la memoria y el lenguaje. Es un nivel muy utilizado en niños con trastornos del desarrollo, como el autismo.
🔹 Nivel 3 - Predeportivo: Este nivel se asemeja más a la equitación tradicional. Se enseña el uso de riendas y otras técnicas de monta, promoviendo la autonomía y la coordinación motriz en quienes ya han superado etapas anteriores.
Uno de los aspectos más destacados del trabajo es que cada clase se ajusta no solo a la patología, sino también al estado puntual del alumno ese día. “Puede haber una clase planificada, pero todo cambia si el niño no durmió bien, si está con dolor, si llueve o simplemente no tiene ganas. Todo eso influye y se respeta”, explicó la instructora.
Más allá de los beneficios físicos y cognitivos, Álvarez subrayó el impacto emocional de la equinoterapia. “Hay niños que no toleran ni mirar una fruta, pero al ver que el caballo la come, logran acercarse, tocarla o hasta dársela. Todo eso genera un vínculo fuerte, que después se traslada a otras áreas de su vida”, relató.
Para muchas familias, estos pequeños logros representan avances enormes. El vínculo con el caballo, el entorno natural y el acompañamiento profesional generan un espacio de confianza donde los usuarios pueden crecer y superar desafíos cotidianos.
El trabajo en el Centro ARAI es un ejemplo de cómo la equinoterapia, cuando se aplica con sensibilidad y formación adecuada, puede ser una herramienta poderosa para mejorar el bienestar físico y emocional de personas con diversas condiciones.


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