
Ahora no nos va a alcanzar el río: la emoción de las familias realojadas de Bajo Curupí
Paola Rubbo
Las 74 familias realojadas desde el asentamiento Bajo Curupí comenzaron una nueva etapa tras recibir las llaves de sus viviendas en el complejo Nuevo Comienzo.
La mayoría inició la mudanza pocas horas después de la entrega y, durante la jornada siguiente, los nuevos hogares ya comenzaban a llenarse de muebles, pertenencias y expectativas. Para los vecinos, el traslado representa mucho más que un cambio de domicilio: significa dejar atrás el miedo permanente a las crecientes del río, la humedad, el barro y la pérdida reiterada de sus bienes.
Caterine Lamarque, Lorena Balbuena, Luis Muriera y Cintia Álvarez compartieron sus primeras impresiones mientras terminaban de instalarse en las nuevas casas.
“Ayer mismo, cuando entregaron la llave, nos mudamos”, relató una de las vecinas.
La expresión “Nuevo Comienzo”, elegida para identificar al complejo, resume el sentimiento de las familias que durante años vivieron expuestas a condiciones habitacionales muy difíciles.
“La verdad que representa un nuevo comienzo y tener comodidad. Donde estábamos teníamos el río, la creciente, el barrial y todas esas cosas. A veces pasábamos situaciones muy malas”, explicó Caterine Lamarque.
Una vivienda lejos de las crecientes
Lorena Balbuena contó que debió esperar hasta el día siguiente para completar su traslado debido a sus horarios de trabajo. Sin embargo, aseguró que la sensación predominante era de felicidad y tranquilidad.
“Lo más importante es que ya no nos va a volver a agarrar el río, tampoco la humedad. Tenemos calles y todas las comodidades. La verdad que estamos felices”, señaló.
Las familias de Bajo Curupí convivieron durante mucho tiempo con el riesgo de que el agua ingresara a sus viviendas. Cada aumento importante del río Uruguay significaba preparar muebles, buscar lugares donde trasladarse y comenzar nuevamente cuando el nivel descendía.
Además de los daños provocados por las inundaciones, los vecinos enfrentaban calles de barro, problemas de humedad y construcciones precarias que no ofrecían una protección adecuada frente a las condiciones climáticas.
Luis Muriera destacó la diferencia entre vivir en un rancho y contar con una vivienda construida, con espacios definidos y mejores condiciones para la vida cotidiana.
“Lo mejor que hay es tener la casa limpia y tener lo de uno. Antes teníamos un ranchito y no es lo mismo que tener una casa. Cambia todo para la gente”, manifestó.
El vecino ya había comenzado a desarmar su antigua construcción antes de recibir la nueva vivienda, debido a que conocía la proximidad del realojo.
“Hace como dos meses empecé a desarmar. Cambia todo: antes era el barro, la lluvia y ahora tenemos calles y viviendas”, expresó.
Las antiguas construcciones serán retiradas
Como parte del proceso de realojo, las estructuras existentes en el asentamiento serán demolidas y los terrenos deberán quedar libres.
Los vecinos tienen la posibilidad de retirar materiales que puedan reutilizar. En caso contrario, se coordina el ingreso de maquinaria para derribar y limpiar lo que permanezca en el lugar.
“Uno puede desarmar y sacar sus cosas. Si no, se llama a la topadora, se organiza y vienen a sacar todo lo que queda”, explicaron.
La eliminación de las antiguas construcciones busca evitar nuevas ocupaciones en un sector expuesto a las inundaciones y asegurar que las familias permanezcan definitivamente en las soluciones habitacionales entregadas.
“Nunca pensamos tener una casa como esta”
Cintia Álvarez definió el momento como una “alegría total” y recordó las numerosas crecientes que afectaron a su familia.
“Nunca esperábamos que íbamos a tener una casita como esta, después de todo lo que hemos pasado. Fueron muchas crecientes, nos rompieron todos los muebles y hubo mucho sufrimiento”, relató.
La vecina recibió la llave durante la mañana y comenzó la mudanza esa misma tarde. Al día siguiente se encontraba trasladando las últimas pertenencias.
“Ayer de mañana recibimos la llave y de tarde empezamos la mudanza. Ahora estamos terminando con lo último que nos queda”, señaló.
Ante la posibilidad de una nueva creciente, expresó la tranquilidad de saber que su hogar ya no será afectado, aunque recordó que todavía existen otras familias que continúan viviendo cerca del río.
“Ahora que se venga el agua”, afirmó inicialmente con alivio, aunque inmediatamente aclaró: “Tampoco deseo que venga, porque hay mucha gente que todavía está casi en la misma situación que nosotros y a la que todavía le puede llegar”.
Un proceso marcado por la espera
La entrega de las viviendas se había demorado debido a diferentes dificultades surgidas durante la etapa final del proyecto.
Álvarez señaló que las familias debieron esperar aproximadamente dos meses más de lo previsto y que, durante ese período, se registraron episodios de vandalismo en algunas de las unidades.
“Estoy muy contenta por el logro y por el sacrificio que hicimos con la gurisada. Nos pasaron muchas cosas en las viviendas, hubo vandalismo y tuvimos que esperar como dos meses más”, explicó.
Más allá de los inconvenientes, las familias valoraron el resultado y comenzaron rápidamente a apropiarse de sus nuevos hogares.
El complejo Nuevo Comienzo permite que 74 familias abandonen definitivamente una zona inundable y pasen a vivir en viviendas con calles, servicios y mejores condiciones de seguridad.
Para los vecinos, la entrega representa el final de años de incertidumbre y el comienzo de una etapa en la que ya no deberán mirar el nivel del río con temor.


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